viernes, 15 de abril de 2011

Cuatro voces

¡Las Palmas, Venevision! ¡Las Palmas, Venevision! ¡El que te lleva a la fama mi reina! reza la letanía que todos los días repite Juan David en la parada frente al metro de Plaza Venezuela –salida Sabana Grande- y si el caso lo amerita viene acompañada por un guiño de ojo que según él aumenta el autoestima de las pasajeras que tienen pinta de ir al canal de la colina.

Su voz acompañada por una orquesta de cornetas, las risas del perrero, un pasodoble que suena en el boulevard y el tuerto que grita ¡la telefónica! ¡la telefónica! y espera con ansias el último viaje para darle inicio a una noche de viernes de quincena que promete fortuna y unas cuantas cervezas.

Desde chiquito le dicen Juanda “como salido del comercial del cable”, vive con una ramita de canela en la mano para alejar la pava y los malandros, se autodenomina “asistente de ruta” y tararea Calle luna, calle sol de Héctor Lavoe mientras cuenta los billetes que le dejó el día.

“Mejor que ayer y peor que mañana” mientras risueño abandona su esquina con paso calmo, como quien camina bailando. Media cuadra más abajo atraviesa la puerta del Centro Hípico Tiburón y con pinta de Panchito Mandefuá pero actitud de Pedro Navaja atraviesa hasta la esquina del fondo donde pide un tercio, prende un Astor rojo y repite como mirando a nadie “esta semana lo dejo, a mi mujer no le gusta” pero después del suspiro concluye “claro la cosa es que a mí no me gusta ella”.

Por la puerta del baño atraviesa Margarita Kuznetsov arrastrando su pinta de vikinga despatriada fuera del Tiburón, buscando calle abajo birras más frías y más baratas mientras su compañera de andanzas  intenta no tropezarse a sí misma durante la misión, “un paso a la vez, mira que la acera está llena de alcantarillas y huecos”.

Hija de un ruso y una caraqueña con nombre “de la flor que le gusta a mamá” y apellido de boxeador soviético, detiene sus pasos frente al Bar Restaurant Kung Hey. “Faltaba más, los chinos siempre tienen cerveza fría y precios solidarios”. Con la suerte de su parte consigue mesa con vista privilegiada al Karaoke, se sienta y repasa el cancionero buscando el tema ideal para cantar.

Media hora, dos cervezas y una ración de lumpia más tarde Margarita canta, con el despecho a flor de piel, “Amiga”, de Ana Gabriel y Vicky Car, su estampa de rusa, el dragón chino del fondo y el sombrero de charro a medio poner.

Desde la puerta del Kung Hey, Oswaider Daniel se arrepiente de entrar, da media vuelta y le dice a su compadre que el American Bar es mejor “pero mosca que hay dos American Bar, es el que está más abajito”. Rebeca a quien no le gustan para nada los Karaokes escucha la recomendación del pintoresco par y le propone a su amiga seguirles el paso porque “no están ni mal”.

Hace frío. Rebeca camina y mantiene el paso constante en su mini short. Le molesta un poco el tacón del pie derecho, producto de un traspié al bajarse del taxi, pero va feliz porque le encanta el paseo, “esta calle está llena de neones de colores y en mi pueblo –San Rafael de Mucuchies- casi no hay de esos.

No tiene más de veinte años. Jamás dice su edad porque si no la dejan fuera de los locales. A su amiga no le gusta hablar, no le gusta la idea de ir al fulano American Bar, no le gusta la calle donde andan, en resumen no le gusta nada, es mucho mayor que ella y camina como más cauta, debe ser porque ya la calle está bastante sola y todos los que andan por ahí se ocupan de lo suyo en alguno de los hoteles o bares. Un poco más abajo, el puente atraviesa el río y mientras más cerca menos luz. 

Frente a la puerta del local “American Bar El Encuentro” Rebeca emocionada se dispone a cautivar al portero para que éste no se de cuenta de su edad, camina con porte de alfombra roja y ya frente al él sonríe y mira al suelo porque su ex “dice que esa mirada es infalible”, el portero que parece un personaje salido de Miami Vice la mira sin darle importancia y sentencia “no puedes entrar si no me muestras tu tarjeta de sanidad”. 

Rebeca no entendió el comentario del portero y del porqué el pase de entrada al local esta escrito en un cartón del Ministerio de Sanidad. Dicho esto, su amiga captó el mensaje al ver que luego de comentarios cortos y al oído desfilaban fuera del local parejas improvisadas por esa noche. Diez minutos más tarde abordaron un taxi rumbo al otro lado del puente. Rebeca pensó que parecía un túnel oscuro en cuyo final estaba el sol. Debe ser porque el puente no tiene nada de luz y al cruzar, las luces del edificio del banco y de la calle alumbran todo.

Tal vez porque hay mucha luz y una patrulla de policía es que los muchachos pasean bicicleta en la calle del fondo, “mira otro restaurante chino, ¿no quieres parar por otra cerveza?”.


Nota: La foto no se a quien se debe, pero es la calle y fue tomada a buena hora.

1 comentario:

Unknown dijo...

Me gustó el relato my dear... de la vida misma, cada letra y cada coma. Enhorabuena por este nuevo espacio para presentarte y compartirnos tu magia. Besos! Amelvi