viernes, 15 de abril de 2011

De la razón y la pasión, o mi tarea de postgrado

Camila tiene pocos meses caminando, todavía tropieza y pierde el equilibrio cuando sus piernas quieren ser más rápidas que su centro corporal. Descubrir su casa ha sido un proceso revelador, lo primero que aprendió es que tocar es malo, no se tocan las lámparas, los enchufes, la cocina, los jabones e incluso tocar los juguetes y dejarlos en el piso es malo. 

Es malo gritar, es malo llorar, es malo reírse estruendosamente, es malo ser curiosa, es malo … es malo …. es malo. 

Para muchos niños descubrir el mundo significa descubrir limitaciones y prohibiciones, encontrar reprimendas por acciones que ellos mismos no comprenden pero que los adultos sin pensarlo demasiado consideran malas. Pareciese que la máxima de los cursos para padres hubiese sido escrita por Pablo de Tarso, por ende si el niño por naturaleza es malvado todo lo que hace es malo y se refuerza con las limitaciones y prohibiciones que sus padres, abuelos, tíos y maestras le imponen.

La única salvación aparente parece provenir de dejar en manos de otros las decisiones, acciones y posibilidades para el descubrimiento. Los niños deben dejar que sus mayores decidan, hagan y escojan. Pero al crecer el escenario no cambia, los adolescentes dejan que sus amigos decidan y finalmente los adultos dejan las cuestiones cruciales en manos de Dios.

Si tal como decía San Agustín todo el bien proviene de la mano de Dios, no debe haber en principio nada que temer. Ante mi incapacidad de decidir o de plantarme frente a los otros y a mi entorno más vale rezar,  porque así todo se supone saldrá muy bien.

Dejar en manos de Dios nuestros destinos sin participar en la jugada supone un costo muy alto, bien lo dice el evangelio ayúdate tú y entonces yo te ayudaré, en ningún momento parece decir abandónate cierra los ojos y déjalo en manos de quien en tu adultez hace las veces del adulto sabio. 

Abandonarnos a ese destino superior supone alejarnos de nuestra felicidad de ese reposo natural que según la ética aristotélica es lo que todos buscamos como fin último, bien lo sabe Camila que abandonó su sueño de bailar para ser odontóloga, su madre desde su sapiencia de adulta con experiencia y de mujer devota la incitó a dejar en manos de Dios su destino. Aunque ese dejar en manos de Dios fue más una estrategia bien planificada para que hiciese “lo que está bien”, “lo que es mejor”. 

Camila nunca fue a las audiciones para el Ballet Contemporáneo, fueron a la misma hora del curso preuniversitario. Al terminar su carrera y graduarse con honores, la satisfacción duró solo unos meses y la rutina terminó invitándola al arrepentimiento diario por no perseguir su sueño, por no procurarse su felicidad.
Años más tarde su hija descubre un mundo diferente donde llorar está bien, tocar es sinónimo de descubrir y donde reír es la vía para crecer. Este camino de posibilidades hace que su hija crezca sin enfrentarse a sí misma y, -Marx mediante -  sin enfrentarse a otros. 

Decidir para nuestra felicidad no supone abandonarnos a los designios de Dios. Por el contrario, parece salirle mejor el asunto a quienes lo tienen como compañero e incluso como guía o asesor, pero que con pasión persiguen sus sueños, y toman sus decisiones en función del bien propio y el del otro. Sin olvidar que cuando el camino se torna más intrincado siempre hay alguien que les apoya y les acompaña, llámese Dios, familia o simplemente el otro.

Nota: La fotografía es una obra de mi esposo Carlos Eduardo Meneses, llamada El silencio es ajeno

1 comentario:

maru42 dijo...

A esta hora de domingo me acordé de una conversación en medio de "papelito" y de cierto blog que quedé en leer.

Excelente post :). Que este blog sea el inicio de algo genial y que no se quede en manos de Dios únicamente jaja.

Saludos,

atte. La Nueva.