sábado, 30 de julio de 2011

Del amor... que por si solo es un...

El amor como concepto siempre me ha llamado la atención. Se ama a la familia, a la pareja que escogimos para el ahora o para toda la vida, se ama con entrega absoluta a los hijos, con criterio a los amigos, con desasosiego a los amantes.
Se ama por el placer que produce el propio amor, concepto curioso que es capaz de convertirnos en audaces, inteligentes, dedicados y devotos. Se ama porque sí, porque nos encanta. Porque el amor como el buen vino traduce nuestras playas soleadas y tempestades en momentos transitorios amarrados a un muelle infinito.
El amor en estos días ha estado recordándome la razón de su soberbia u omnipotencia, según usted lo prefiera.
En días que cuento con mi mano izquierda el amor de un artista me ha paralizado, el de una nena de rulos infinitos me ha cambiado la vida, el de una abuela ha cobijado a una familia que pisa fronteras diversas, esperanzados.
El amor a una ciudad, a su gente y sus historias me levanta de la cama todos los días. Pero en ese ir y venir, a veces dulce, a veces amargo, esta semana se ha destacado.
El martes murió un amigo, un tipo cínico, dicharachero, mujeriego, creador y maravilloso, que en vida pasaba por mi vida como cualquier otro pana. Cabe destacar que mis amigos son bienes preciados para mi como pocos, que disfruto sus risas, llantos y borracheras como nadie. Que vengan, del teatro, el periodismo, la fotografía, la gestión pública, las ONG's o la academia, a los que cuento como míos me maravillan atrapan y desbordan siempre.
Por este amigo, que siempre tenía algo que celebrar levanto una copa y por primera vez en mi vida espero que el premio de Hungría lo gane "il toro rosso".
El quinto de la semana no solo se llevó Alberto, malcriado como suele ser, el viernes volvió a despedirme de mis hermanas. Las dos partieron elegantísimas en vuelos a distintos continentes, y es que ahora el mundo es tan pequeño que cabe una Mac, Pc o según sea el caso en el dispositivo inalámbrico de su elección. Y mi familia se volvió de nuevo un rompecabezas con piezas en NY, Bogotá, Palma de Mallorca y Caracas.
Acto seguido hice lo que cualquier adulto sensato haría, vi Lilo y Sitch, una maravilla de Disney que nos recuerda con personajes extraterrestres y azules que la familia nunca te abandona y aunque lejos, siempre está allí para cuidarte.
Con el ánimo elevado y la esperanza como pronombre personal, celebré 95 años de la abuelita de mi socia, una mujer que con cada paso repite el único evangelio posible en esta era de globalización "all that you can live behind".
Celebrando a la distancia un cumpleaños en Margarita, una despedida en Higuerote, una tarde cualquiera en Barcelona, España. Todos ellos llenos de gente a la que amo con locura. El abrir y cerrar ciclos, en una semana que pareció de mil días, en la que me reí a cántaros con la twitera de la risa eterna, me abrace a mi hija y mi ahijada (como únicas certezas), me enamore aún más de un periodista de fútbol y repetí como Eudomar Santos "como vaya viniendo vamos viendo".
Pensando de alguna manera que el amor no solo nos mueve, también nos paraliza, nos aterra, nos hace mejorar o empeorar, pero por sobretodo nos invita a seguir.

P.D: En mi caso particular, que comparto con ustedes sólo como un hecho científico, amar a un artista me ha cambiado la vida, me la pintó de colores y me mostró todas mis facetas en sus pinturas, palabras y tramas. Para llegar hasta aquí siendo capaz sólo de admitir que el amor por sí solo es un ángel y no un demonio.

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